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Amigos del Ferrocarril
 

 

 

CATARINO ARRIOLA ROCHÍN

MÁRTIR FERROCARRILERO

 

 

El General Francisco Villa derrotado en Celaya se regresó con parte de sus fuerzas a Aguascalientes a mediados de abril de 1915 para reorganizarse y enfrentarse nuevamente a Obregón en León, Guanajuato.

Ya podemos imaginar la condición de su ánimo en que se encontraba cuando había llegado a Aguascalientes.

A los pocos días de su llegada, sus generales le solicitaron unas botellas de vino para ellos y para la tropa. Estaban demasiado fatigados y también con un estado de ánimo muy decaído.

Villa que nunca tomaba un trago de vino, les dijo: - Como nó señores, es justo que se tomen un trago de vino y tienen permiso para abrir uno de los dos carros que tenemos en nuestros trenes con mercancías y vinos.

Los generales se dirigieron presurosos a buscar los carros en los trenes estacionados en el patio del ferrocarril, pero no los encontraron, lo que comunicaron de inmediato a Villa, el día 23 de abril por la mañana.

Villa sorprendido les dijo: - Señores, esos carros venían en nuestros trenes. - De eso estoy seguro. - Tráiganme al JEFE DE TRENES para aclarar éste asunto.

Cuando el jefe de trenes que era Don Catarino Arriola estaba frente a Villa, éste le dijo: - ¡Señor!: ¡Usted es el JEFE DE TRENES de ésta DIVISIÓN y está enterado de todos los movimientos de los trenes! Han sustraído de mis trenes dos furgones con mercancías y vinos y usted me va a responder por ellos. Le doy 24 horas para que los encuentre y me los entregue. Si no aparecen en esas 24 horas, usted será pasado por las armas.

Don Catarino sabía qué clase de hombre era el general Villa, y que por supuesto cumpliría con su amenaza. Se fue cabizbajo y angustiado a su oficina, que en aquel entonces estaba en lo que se conocía como la Casa Colorada, a un lado de la entrada principal a los talleres.

Los carros mencionados habían sido sustraídos de los trenes de Villa, unos dos o tres días antes, por un grupo de funcionarios encargados de los movimientos de los trenes, los cuales venían cometiendo desde antes, ése delito echándoles la culpa a los revolucionarios. Despegaban los carros de los trenes, los llevaban a una estación próxima y los vaciaban repartiéndose las mercancías.

Por los documentos llamados guías sabían lo que contenían los carros y se iban a lo seguro. Se enteraron del contenido de esos dos carros y los despegaron de los trenes de Villa. Se los llevaron hacia el norte, ya que en la estación de Adames, apareció uno de ellos completamente vacío.

Pensaron que Villa en completa derrota, seguiría hacia el norte y no se enteraría de la falta de ésos carros; pero el destino dispuso de otra forma las cosas.

Don Catarino había llegado a Aguascalientes a fines de febrero de ese año de 1915. Le habían dado la responsabilidad de SUPERINTENDENTE DE LA DIVISIÓN DEL CENTRO, aparte de la DIVISIÓN MÉXICO - QUERÉTARO de la que él era ya responsable. Le dieron esa responsabilidad porque sabían y confiaban en su capacidad administrativa como SUPERINTENDENTE de trenes, y por lo complicado de los movimientos de los mismos, por la inmensa actividad revolucionaria, que se estaba desarrollando en la zona del bajío, en el estado de Guanajuato.

Don Catarino no estaba enterado de las actividades delictuosas de ése grupo de funcionarios que no hacían esas cosas todos los días, sino que esporádicamente cuando se presentaba la oportunidad.

 

 

Don Catarino se dio cuenta inmediatamente quienes eran los que habían cometido ese delito, ya que habían faltado ése día 23 a su trabajo. Todos huyeron en distintas direcciones y fueron a esconderse debajo de sus camas, tapándose los ojos y los oídos para escaparse cobardemente de un castigo ejemplar que les hubiera aplicado el general Villa. No dieron la cara y dejaron que su SUPERINTENDENTE Don Catarino Arriola, pagara los platos rotos sin deberla. Por supuesto que Villa se enteró de sus nombres y los mandó buscar a sus casas, pero ya no estaban y no era posible ir a buscarlos a ninguna parte.

Nos refiere uno de ellos, el jefe de telegrafistas Don José Díaz, en una entrevista que le hizo la revista Ferronales en 1936, que dos amigos de él lo sacaron presurosamente de su casa por la parte de atrás, cuando la escolta villista tocaba la puerta de su casa. Lo escondieron en otra casa y curiosamente un general villista de apellido Santibáñez, lo ocultó en el camarote de su tren que salía esa noche a Chihuahua. Una familia le suplicó ése auxilio y el no dudó en prestárselo, arriesgando su seguridad, en pago al afecto que le tenía esa familia. Así se salvó uno de los autores del robo. Cuando amanecía ya no alcanzó a escuchar los disparos del pelotón que ejecutaba a un inocente convertido en un mártir ferrocarrilero por la cobardía de los responsables, al no enfrentarse a Villa y asumir la responsabilidad de su delito.

Villa por la mañana del día 24, le dice al coronel Manuel Banda “El chino Banda”. - Coronel: vaya por el SUPERINTENDENTE ARRIOLA a su oficina y lo fusila. - Se han cumplido las 24 horas y los carros no aparecieron, y no nos vamos a quedar con semejante afrenta.

Banda, ni tardo ni perezoso se fue con un pelotón de soldados a la oficina de Don Catarino y le dijo: - ¡Señor, nos acompaña! Don Catarino sintió que estaba viviendo sus últimos momentos. Caminaron hacia el norte junto a la barda de los talleres y pasando la puerta de carpinteros lo colocaron de espaldas a la barda por fuera de los talleres. Don Catarino fijó su mirada en el cielo azul de Aguascalientes buscando el rostro de sus seres queridos. Recibió la terrible descarga de los fusiles que le hizo pedazos el pecho, cayendo al suelo totalmente muerto.

Su hijo Benjamín que había llegado a caballo desde Guadalajara en los días anteriores, corrió montado en el mismo caballo hasta el sitio de la ejecución. Escuchó casi al llegar el ruido de la descarga, pero al llegar encontró a su padre tendido en el suelo enrojeciendo con su sangre la tierra de los ferrocarriles que fueron siempre, uno de sus principales amores.

Benjamín, con sus ojos inundados de llanto, recogió el cadáver de su padre ayudado por los mismos trabajadores y por su tío Pascual de 17 años de edad como él. Lo llevaron al domicilio del segundo, en las calles del Centenario y al día siguiente lo sepultaron en el Panteón de La Cruz, de donde su viuda Doña María Torres lo exhumó meses después para llevar sus restos a un panteón de la ciudad de México donde la familia de Don Catarino residía en aquel entonces.

Villa salió a principios de mayo a León para enfrentarse nuevamente a Obregón, y la familia de Don Catarino quedó sumida en un profundo dolor que ha persistido hasta el día de hoy, a pesar del tiempo.

Aguascalientes guarda en la memoria, como una víctima del vendaval revolucionario de principios del siglo pasado y como un hombre que supo enfrentar su terrible destino con resignación y gran valor.

 

 

 

 

 

 

 

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